domingo, 9 de mayo de 2010

Encuentro

A veces me pregunto:
¿Qué haríamos tú y yo antes de amarnos,
antes de comenzar nuestro periplo
por las islas del pan y de la miel,
en los tiempos del vino y de las rosas?

Yo imbuido en mi espacio de pinceles,
luchaba con las formas y colores,
pintando los retratos gigantescos
de Marilyn, Trazan o Humphrey Bogart.

Tuyo sería el nimbo de los sueños,
de príncipes azules y de hadas,
de vestidos, perfumes e ilusiones.
Dos ámbitos extraños, diferentes,
que no facilitaban el encuentro
en aquel maremagno de la Urbe.

Pero el destino, terco y testarudo,
finalmente consigue sus propósitos:
En un salón de baile atiborrado
de música, de gentes y de luces,
tu fulgor cautivó mi corazón
nublándome la mente.
Te miré sólo a ti, pues no había nadie,
nadie en tu alrededor, nadie en el mío,
tan sólo unas alondras,
junto a un barroco sol de purpurina,
arriba, en lo más alto dibujadas,
cumplían con los ritos del amor
colmando, con su arrullo, mis sentidos.
Abajo no había nadie, sólo tú,
cruzabas con la mía tu mirada.

Bailamos enlazados mucho tiempo,
tus brazos en mi cuello,
y los míos, ciñendo tu cintura;
tus pechos acoplados con mi pecho,
tu vientre con mi vientre,
tu alma fusionada con mi alma,
gozamos la gloriosa soledad,
pues no había nadie.

Salimos del salón, nadie en la calle,
solos tú y yo, asidos de la mano,
y acunando ese amor, recién nacido,
que nunca morirá.

Alrededor: la noche...

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